sábado, 23 de mayo de 2009

Delirio conexionista

No sé si esto que voy a mencionar sea un mal clásico de la complejidad de la vida, o un propio cuadro clínico del TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo). Así como tampoco sé cuál es el porcentaje exacto de pedazos de carne con cerebro, extremidades y memoria de trabajo (humanos) que se encuentran profundamente sumergidos en la misma situación. Sea cual sea el fundamento subyacente, voy a abordar un tema que en mi opinión encierra un alto grado de interés por la sencilla razón de hacer parte de una de las tantas “cosas especiales” que suelen sucederme con frecuencia.
Básicamente, el delirio conexionista de creer que eres íntegramente capaz de manipular al mismo tiempo toda la información que se te atraviese por el camino, sin ningún tipo de inconvenientes. Como quien dice: “trabajo en paralelo, por lo tanto puedo controlar todas las demandas del medio sin ningún problema, esta es la versión no lineal de mi vida”, “continuaré con mi exhaustiva tarea hasta que se me queme el cerebro”. Lo cual apunta a que mientras no se presenten fallas crónicas en el sistema, puedes dar más; usa tu cognición, para eso la tienes. Tu cognición no es un pinche adorno de navidad que cuelga detrás de la puerta haciendo presencia para que “todos lo vean”.
Y sí, todo lo bueno tiene algo malo y todo lo malo tiene algo bueno. El lado nocivo de todo esto es que puedes terminar loco, crazy, rayado, o como quieras llamarlo. Creo que merecería la pena revisar las implicaciones que tendría una saturación cognitiva, y también creo que sería más digno tener el cerebro quemado por exceso de uso, antes que tenerlo atrofiado por no haberlo estrenado.
Pero claro, tampoco te vayas al otro extremo. No sea que te quedes solamente en el plano neuronal, sin pasar por lo menos al cognitivo (y después al mental) porque sería una historia más desgraciada que el final de Bambi.

sábado, 16 de mayo de 2009

Caperucita roja y su cáustica teoría de la mente

Creo que todos hemos sido testigos de las representaciones mentales que Walt Disney procuraba implantarnos en las películas, y de cómo esas películas permutaban la teoría de la mente de los niños sin que ellos se percataran.
Por ejemplo, Caperucita roja, la “niña sana”. ¿Sana? Qué sana va a ser una niña que deambula por el bosque con una capucha roja simbolizando la lujuria que la absorbe, y que además se hace la loca para que el lobo abuse de ella.
En el cuento, muchas personas pensaban que el bosque era un lugar oscuro y siniestro que denotaba gran peligro, por esa razón nunca osaban pasar por ahí. Sin embargo, Caperucita sí se aventuraba porque sentía la suficiente confianza en sí misma como para darle rienda suelta a su sexualidad (el bosque en el cuento alude a la sexualidad).
Hasta que se tropezó con el lobo, y éste le dijo: “es peligroso que una niña transite sola por el bosque” (traducido: es peligroso que una niña circule sola por el camino del sexo), Caperucita le respondió: “no importa, debo proseguir con mi camino” (traducido: no importa, debo continuar con mi labor sexual). El lobo tomó un atajo, llegó primero que Caperucita y se comió a la abuela.
Después de la extensa amonestación de “abuelita que ojos tan grandes tienes”, bla, bla, bla... el lobo se lanzó sobre la pequeña, dispuesto a devorarla, mientras ella gritaba —quién sabe qué significado tendrían esos gritos, tal vez la muy egocéntrica sentía que su espacio personal estaba siendo invadido— .
Y mira a Blancanieves, esa tampoco se queda atrás. Con siete y rindiéndole honor a su lema: “una para todos, todos para una”. Qué es eso por favor, tanto que critican a South Park —y a Saw por “estropear la mente”— y resulta que en los muñequitos “sanos” es donde más subyace el lado oscuro.
Por otro lado, tenemos a Popeye y su mala costumbre de andar metiendo vicio. “Pop” y “eye”, dos palabras que juntas significan “ojos saltones” —característicos de aquellos individuos que consumen marihuana, el bastardo fumaba marihuana cuando iba a la guerra porque lo hacía sentir “fuerte y seguro”— .

domingo, 19 de abril de 2009

Teletubbies & Coco Wash

A veces me pregunto: ¿Qué papel juegan los Teletubbies en el desarrollo intelectual de un niño?
Basta con que entren a Youtube y pongan “mensajes subliminales Teletubbies” para que vean la perversión que está terminando de corromper a los niños de hoy.
Quitando lo subliminal, ¿qué puede aprender un niño después de ver a un muñeco que actúa como si hubiera estado trabándose con Rivotril?, ¿estoy ignorando algún aspecto importante que influya en el aprendizaje infantil?
Hay que tener cuidado con el aprendizaje vicario, los niños imitan el modelo que ven. Eso da para pensar que un niño que pase todo el tiempo contemplando la indecorosa presencia de esos muñecos, pueda volverse tonto implícitamente. Sería algo parecido a esto, y a nivel cerebral a esto otro.
Por otro lado, Disney tampoco se queda atrás con sus mensajes sexuales por debajo del umbral de la percepción (subliminales). Aquí os dejo un link: http://www.youtube.com/watch?v=WeE5zNZNHyA y aquí hay otra foto: http://usuarios.lycos.es/losubliminal/rabit.jpg
Me causa curiosidad observar cómo los medios de comunicación entorpecen el pensamiento infantil con “muñequitos”. Hay que estar alerta analizando todo porque medio te descuidas y eres víctima del Coco Wash (si te dejas, claro está).

viernes, 10 de abril de 2009

El gran fracaso de Hit

Cuando tenía diez años, probé el famoso jugo Hit de guayaba. Hoy puedo decir con gran orgullo que esa mezcla antinatural fue el gran fracaso de Hit. Sin embargo, todavía sostengo que los jugos Hit son ricos (el de mango lo pongo en duda).
Duré un buen tiempo teniéndole rabia a la guayaba. Afortunadamente retiraron el jugo del mercado (o por lo menos eso creo, no lo he vuelto a ver). Sería bueno averiguar cuántas personas entraron en catalepsia al consumirlo.
En mi opinión, es un poco irresponsable dejar salir al mundo de las ventas una sustancia que aún no ha sido aprobada en el plano físico. No soportamos ni una fiebre, mucho menos un daño a nivel de procesos ejecutivos.
Después de consumir el jugo, se entorpeció mi tan anhelada búsqueda de autorregulación; mi gran sueño. Tuve desordenes de conducta y alteraciones senso-perceptivas, veía cajas de jugo persiguiéndome por la calle.
He notado algo curioso: no es lo mismo jugo en botella, que jugo en caja. Así como tampoco es lo mismo Pony en botella, que Pony en vaso. No sé por qué, el sabor es diferente.
El jugo que me tomé era de botella, si hubiese sido de caja, estaría muerta.

sábado, 4 de abril de 2009

Skwinkles green apple

Todo empezó un jueves por la tarde, cuando me di la tarea de probar unos dulces verdes que vi en un supermercado —que por cierto, tenían un empaque simpático y pinta de ser ricos como las gomitas ácidas—.
La curiosidad me invadió y compré los dulces, eran una especie de tiritas verdes con un supuesto sabor a manzana. Abrí el paquete y proseguí a ingerirlos.
De repente, esa sustancia tóxica antiplanetaria atravesó mi garganta, llegando al extremo de ocasionar daños irreparables en mi amado organismo compuesto por células cósmicas. Todas las conexiones neuronales que tenía hasta el momento dejaron de existir, le gané a la niña de El exorcista en convulsiones. No puedo describir con palabras exactas lo que sentí en ese momento, sólo sé que fue horrible, sentí que perdía las ganas de vivir y empecé a involucionar de una forma lenta y dolorosa.
Su sabor era raro, parecía plástico con azúcar. A estas alturas de la vida no entiendo de dónde sale el título de “sabor a manzana verde”. Sería interesante averiguar qué es manzana verde para el que hizo esa malvada mezcla, tal vez esa persona perdió contacto con el mundo hace rato y probablemente en vez de críticas necesite un poco de amor y comprensión.
Hay otro aspecto importante de esas nefastas tiras de caucho: desarrollan la mandíbula. Con eso no sólo podrás masticar dulces, sino acero inoxidable. También existe otra posibilidad: que el señor Skwinkle (el que hizo las tiritas) sea un imitador diferido de John el de Saw (Juegos macabros), o un asesino en serie de carácter pasivo que quiera acabar con la humanidad.
Voy a ejecutar mi plan de investigación cósmico-psicológico para averiguar qué ocurre con ese individuo.

sábado, 14 de marzo de 2009

La señal cósmica del sueño

Antes de dormir, suelo darle a mi mente órdenes de tipo «a las cinco de la mañana estaré despierta». Cuando llega la hora establecida, siento la cósmica presencia de una señal adaptativa que me susurra misteriosamente: ¡Levántate, son las cinco! Y así esté en catalepsia, me levanto.
Desde pequeña tengo una costumbre: apenas abro los ojos me pongo de pie y la sangre se me sube hasta el tálamo, hace poco casi me desangro.
Pero como en este plano físico nada es seguro, siempre tomo la sabia decisión de poner tres despertadores programados con la hora mundial establecida. Digo tres despertadores porque uno nunca sabe cuando la Ley de Murphy empieza a ejecutarse apuntando precisamente hacia mí. ¿Qué tal que me quede dormida?, ¿qué tal que de repente me de una atroz fiebre de 40º y se incendie la almohada con mi cabeza?, ¿qué tal que se me salga la mielina por los oídos?, y ¿qué tal que por cosas de la vida los despertadores no suenen?
Si me voy a levantar a las cinco de la mañana, coloco el despertador a las 4:59, el minuto restante es para esperar a que mi sustancia reticular vuelva a enviarle señales a la corteza cerebral. Un minuto es un minuto, son sesenta valiosos segundos de mi vida, ¿no os parece lo suficientemente importante?
La mayoría de las veces suelo estar despierta justo un minuto antes que se activen las tres alarmas —que por cierto no poseen un sistema combinatorio de melodías de mi entero agrado, sólo sirven para activarme el Reptil; pero aún así, prefiero correr el riesgo—.
Descubrí algo interesante: las alarmas de los celulares Samsung incitan a la violencia, en cambio las de los Nokia te llevan a fomentar la paz y a vivir con amor.

Revolución bratziana

Ese nefasto pedazo de plástico con ropa —que se hace llamar Barbie—, es una de las peores denigraciones encargadas de poner en riesgo la integridad de cualquier ser que deambule por el planeta. Su sola presencia pone en riesgo el desarrollo sensorio-motriz y divide el yo progresivamente, pero no en dos, sino en diez.
Sin embargo, el título de estupidez infinita se lo otorgo a las Bratz, ese trivial objeto es la tapa de la idiotez. Cada vez que veo una, me provoca suicidarme y comprarle un revólver al vendedor para que haga lo mismo. No entiendo cómo tienen la desfachatez de catalogar como bella criatura a semejante engendro diabólico. Pensándolo bien, Chucky es más tierno.
La humanidad me preocupa. Si los niños de ahora son el futuro prometedor, entonces tendremos que ir acumulando reservas emocionales para soportar la desgracia que nos espera. Con el paso de los años vamos a terminar sumergidos en una corrupta y desdeñosa revolución bratziana. La desdicha será la honra, y todo acto solidario acabará en un atroz baño de sangre tipo Masacre de Texas —o Saw, para agregarle un poco de sadismo mezclado con diversión—.
Con la indecorosa presencia de las Bratz en el planeta tierra, dudo si realmente quiero tener hijos. Tendré que ver que sabia decisión tomo antes que se agote mi ciclo vital, antes que llegue el momento de mi muerte y me toque partir de este plano físico; antes que mi vehículo planetario (el cuerpo) quede sumergido cien metros bajo tierra —si no ocurre algo más trágico, uno nunca sabe—.